Crítica

La patota

La patota - Afiche

La patota (1960)

Estreno:
 11 de agosto de 1960
septiembre de 1960 - por Víctor Iturralde

La patota es uno de los tests actuales más eficaces para demostrar una serie de cualidades, hasta el día de hoy dudosas o presentidas, de todo el equipo responsable de esta película, “la más aplaudida, el más grande suceso de la cinematografía local, una película valiente, etc.”, según lo advierten anuncios y programas. La realización de una película que pretende aludir a un tema concreto, diario, supone una indagación previa, o un conocimiento del problema y del medio donde éste tiene lugar, una actitud con respecto a lo que se plantea -si el propósito es ése, el de un planteo- y, quizás, aunque no es imprescindible, un esbozo de solución. La patota muestra un conjunto de muchachos más o menos violentos, más o menos unidos por intereses comunes, más o menos porteños. Esta más o menos “barra” asiste a las clases que se dictan en un colegio nocturno de Buenos Aires. Una más o menos muchacha: doña Mirtha Legrand, es profesora de sicología en la misma institución. Los muchachos, a quienes inquieta la repetida y nocturna visión del tafanario de una mujer que habita en un departamento, una noche de ésas, deciden plasmas en hechos sus elucubraciones mentales y orales: cuando pase la mujer habrán de abusarse de ella recurriendo, si fuere necesario, a la violencia (recurso excesivo por cuanto la mujer de referencia hubiera aceptado un trato individual y monetizado con cualquiera de ellos). Se citan, pues, en una especie de depósito de estatuas de yeso situado junto a unas vías del ferrocarril. Cuando la mujer se aproxima, una mano le embolsa la cabeza y las demás ¿manos? Proceden a la materialización de los propósitos previstos. Sólo que quien camina por esa calle era la profesora de sicología. Y la pobre resulta embarazada tras de los propósitos materializados. El padre de la muchacha pletórica de vocación pedagógica, es un juez jubilado -José Cibrián- quien reprueba desde un comienzo su deseo de ejercer el profesorado, condena su propósito de epilogar el embarazo, se enfurruña por la insistencia de la profesora en seguir con su cátedra. Uno de los muchachos de la “barra” -Walter Vidarte- manifiesta en repetidas oportunidades su arrepentimiento por la torpeza cometida por los demás integrantes de la “patota” que, insólitamente queda reducida a tres miembros hasta la escena final donde se vuelven a ver los restantes. Vidarte, tras de asistir a unas cuantas clases de la catedrática engafada (que lleva gafas oscuras), no puede contener su conciencia y en lugar de redactar una prueba escrita sobre sicología, escribe una confesión plena de los hechos consumados por los otros, cuatro meses antes (tiempo que debe ser aclarado oralmente porque la simple visualización de la profesora, impide un claro discernimiento sobre lo avanzado de su deshonra). La mujer recupera la fe en la gente, perdida por las circunstancias anteriores. Pero la rectora del colegio entiende que la presencia de una profesora soltera y grávida implica una mácula para el colegio y le insinúa una pronta solución: el adiós. La muchacha se va. La barra, arrepentida en forma colectiva, la sigue y la rescata de un inminente suicidio. La muchacha pierde su hijo. La barra se aleja hacia el horizonte ahumado manifestando con contrición que la maestra les dio una buena lección. La simple observación de las dotes interpretativas de la protagonista nos permite decidir que ni siquiera su propio marido: don Daniel Tinayre, parece estar convencido de su capacidad expresiva por lo que cada vez que la muestra en un primer plano debe hacerla hablar en “off” para explicar qué es lo que está ocurriendo, qué es lo que está pensando. También nos permite asegurar que el autor, don Eduardo Borrás, jamás necesitó visitar una pensión (la pieza que ocupa la muchacha insta al público a solicitar la dirección de la misma, dadas sus comodidades). Que el autor jamás pisó un inquilinato, o un colegio nocturno, o la ciudad de Buenos Aires de noche; que jamás se enteró de cuál es la música que se oye en esta ciudad, de cómo son las “barras”, de que en Buenos Aires se habla diciendo vos y ché; jamás tuvo conciencia de cómo se escribe un relato cinematográfico (necesita recurrir a un ballet, o a una demostración de rock-and-roll y tafanarios, a una discusión en una clase para poder decir una frase o plantear una situación). La simple visión de la película permite determinar que la mítica habilidad técnica del director era tan sólo eso: un mito. Que la famosa actriz argentina que suele representarnos en festivales allende los mares conoce tanto de interpretación cinematográfica como de propulsión atómica, por lo que debe acudir a insistentes agrandamientos de ojos para movilizar de alguna manera el rostro. Que el señor director, comete deslices que cualquier mujer no cometería: hacer cruzar exageradamente las piernas a su esposa -en este caso una muchacha ya violada y profesora en un colegio nocturno estrictamente masculino, situado en un “barrio bravo”- de tal manera que se desata una tempestad de trompadas y sensualismo por la visión de ligas e intimidades. En fin, que ni el director sabe narrar ni describir, ni el argumentista sabe escribir para el cine, que ambos desconocen el problema que más o menos tratan de mostrar, que la famosa actriz no es actriz y que para cometer este film se gastaron varios millones de pesos, los que incluyen una abultada partida para la compra de bombas de humo en la Dirección de Fabricaciones Militares; que con todo ese dinero pudo haberse concretado la creación de la escuela de cine experimental. Que para gente que dispersa sus esfuerzos y los pesos de tal forma podemos recomendar oficios más tranquilos y menos ávidos de responsabilidad, como la atención de un quiosco para la venta de frutas en Primera Junta, la venta de agujas en el Ferrocarril Mitre, o el canto de coplas sobre el cine argentino y los créditos, acompañadas por la hermosa voz de Billy Caffaro con efectos de resonancia para los instrumentos de Lucio Milena.