Crítica

Director que progresa

Los inocentes - Afiche

Los inocentes (1963)

Estreno:
 26 de septiembre de 1963
octubre de 1963 - por Antonio A. Salgado

Los inocentes es un progreso para su director español y para el cine argentino. Con las objeciones posibles, Bardem obtuvo un drama pulcro y cálido que figurará entre lo mejor de su obra. En otro orden de cosas, éste es un ejemplo ideal de coproducción. Aunque intervinieron capitales de dos países (setenta por ciento argentinos, treinta por ciento españoles), la nacionalidad artística del film es una sola, sin la hibridez habitual en la coproducción. El equipo técnico era mayoritariamente argentino pero ello no impidió que el film representase a España en el festival de Berlín 1963 donde obtuvo un premio de la crítica. Previamente había ganado un primer premio oficial argentino entre la producción local 1962. En la copia estrenada en Buenos Aires, Paloma Valdés aparece doblada por una voz argentina; en la presentada en España todo el elenco fue doblado por españoles. Pero Bardem entiende que la versión auténtica es aquella con los diálogos argentinos: son famosas las argucias del doblaje español para alterar frases e incluso el argumento de un film. En Los inocentes Alfredo Alcón es un empleado bancario cuya esposa muere en un accidente automovilístico junto a un financista. Los familiares de éste le ofrecen dinero para evitar el escándalo, pero Alcón lo rechaza en un gesto que puede ser índice de su honestidad. Buscando consuelo traba más adelante relación amorosa con Paloma Valdés, hija de aquel hombre que pudo haber sido amante o simple conocido de su mujer. Cuando supo que su mujer efectivamente lo engañaba, simulará amar a su vez a la muchacha, a quién al principio estimaba de veras, para sacarle el jugo a la situación. Se entiende entonces que el altruismo de Alcón fue apenas transitorio. Como amenaza casarse con la chica, los parientes de ésta le ofrecen un empleo rendidor y lejano, para que la abandone. Desde este punto de vista el film trata sobre el amor mentido a una adolescente, así como el de Calle mayor era fingido a una solterona. Lo notable es que ése no es el único plano de la anécdota, que en su superficie parece hasta poco antes del final una verdadera historia de amor. Sólo frases aisladas de Alcón van sugiriendo lo contrarío. El final, sorprendente para la muchacha, no lo es tanto para el espectador. De este modo Bardem conmueve con un drama legítimo, sin suspenso fácil ni artificios melodramáticos. El film puede ser dividido en dos partes. En la primera Alcón quiere descubrir si su mujer lo engañaba, en la segunda, resuelve vengarse. Al principio rechaza el dinero que le ofrecen, al final lo acepta. El cambio sicológico del personaje está sugerido con extremada sobriedad, en escenas que una segunda visión del film permite asociar, e implica también un enriquecimiento del drama. En el contraste entre la realidad mostrada y la casi imperceptible variación del punto de vista de Alcón frente a ella, el film adquiere un encanto misterioso. Las reflexiones parecen un tanto cínicas. Cuando Alcón obra honestamente, casi todos lo reprueban. Cuando se cretiniza, será seguramente envidiado. Los sentimientos puros son defraudados. A los seres humanos parece importarles sólo su conveniencia material, y a las clases altas, por añadidura, su anacrónica conciencia de clase superior. Por otro lado, en la posición de quien predice futuro inestable en caso de que el empleado y la aristócrata se casen, no deja de haber cierta lucidez. Lejos de las fábulas sobre el amor eterno, Los inocentes está cerca de una realidad probable. Hay, tal vez, algún esquematismo en la descripción de la familia rica, y el argumento, literariamente, no es muy original. En alguna medida La muerte de un ciclista y, más allá, Crónica de un amor, lo preanunciaban. Pero Bardem lo cuenta con vigor y sutileza poco comunes, con una capacidad para la alusión más talentosa, ciertamente, que la abusiva conversación de A las cinco de la tarde. Lo cierto es que la realización mejora en tal proporción al asunto, que éste es sin duda su film más redondo desde Calle mayor. Con la ventaja de que en Los inocentes son menos visibles las influencias ajenas que debilitaban sus films anteriores. Multitud de detalles significativos contribuyen calladamente a la expresividad del film. Paloma Valdés sorprende, por ejemplo, una perturbadora caricia adúltera; un primer plano de los hombros de Alcón lo muestran apabullado por la imponente mansión (más significativamente que la panorámica posterior); el irreprimible brinco de Alcón denuncia su inquietud cuando la abuela lo califica como ambicioso; las cuentas del collar pregonan mudamente una infidelidad. Habrá quien objete la ausencia de rasgos típicos y característicos de una sociedad argentina. Pero Bardem coloca su asunto en otro plano. Lo valoriza con los pormenores de egoísmo y bondad que pueden darse en el hombre, sucedíéndose e incluso coexistiendo. No resulta valedera la objeción. Habrá, también, quien adjudique al asunto una intención de denuncia social, que el film no expresa claramente. El ambiente es un marco, nada más. Es posible que Alcón actúe deshonestamente porque enfrenta estructuras poderosas contra las cuales la lealtad no sirve. Pero Bardem no critica a la clase alta, no cuestiona su poder abusivo, hecho de figuración y de dinero. Se limita a mostrar cómo ese poder es ejercido sobre un individuo de clase baja, bastante corruptible. Moralmente ese hombre pobre no supera a los ricos. Y la calaña de estos ya la había definido su preocupación en cuidar las apariencias, sin derramar una lágrima por el pariente muerto. Bardem dirige sabiamente a los actores: Alfredo Alcón (en excelente composición), Paloma Valdés (un rostro suges­tivo), Enrique Fava, Ignacio de Soroa, Pepita Meliá y Fernanda Mistral. La fotografía sin contrastes (virada al sepia, además) confirma a Alberto Etchebehere como el mejor fotógrafo argentino. Y, por si fuera poco, los diálogos funcionales mejoran el crédito de Eduardo Borrás. Sólo la escenografía de la mansión parece un tanto recargada. La fotografía de un Mar del Plata invernal, descubre, más allá del bullicio veraniego, una cara desconocida y más auténtica: la de una ciudad en reposo que está sola y espera. Las exquisiteces de iluminación pueden parecer, empero, virtudes adjetivas. Lo esencial es el talentoso estilo cinematográfico con que Bardem trasmite relaciones humanas complejas y tensas.